Directorio Industrial.
Echando raíces...
Eibar acoge con normalidad a los inmigrantes que lo habitan. Así lo afirman ellos, que aseguran no sentir rechazo ni problema alguno para su integración en la sociedad eibarresa, aunque sí les resulta más complejo acceder a un mercado laboral demasiado restringido para quienes vienen del exterior. Seis extranjeros, llegados desde los más diversos países y con circunstancias culturales, personales y profesionales muy distintas, han relatado a EL CORREO sus experiencias.
Rosmery Maldonado nació hace 26 años en Llallagua, un pequeño municipio del departamento de Potosí, zona eminentemente minera de Bolivia. Un accidente sufrido por su padre en las minas de estaño, y el robo padecido en la casa familiar marcó su adolescencia. «No nos quedó ni un lápiz para escribir y entonces, con 15 años, decidí dejar de estudiar para ayudar a mis padres, porque soy la mayor de siete hermanos y ninguno trabajaba entonces», relata. Se fue a otra zona del país, Santa Cruz, para ayudar a una tía y ganarse el sustento. «Tenía un negocio de venta de plásticos y con ella aprendí a comerciar, de manera que luego vendí plásticos y abrí una tienda de comestibles». Más tarde llegó el resto de su familia, pusieron otra tienda y al cabo de un tiempo todos comerciaban. «Mi madre para la olla, mi padre para pagar agua, luz y las reformas de la casa, mis hermanos sacaban lo necesario para mantenerse y yo les ayudaba», evoca.
En 2004, sin saber bien cómo, aterrizó en Eibar. «Se me abrieron las puertas de la noche a la mañana. Tenía aquí una prima que trabajaba en el servicio doméstico y ella me animó a venir, e incluso me ayudó a pagar el pasaje. Decidí dar el paso para lograr el dinero con el que ampliar el negocio familiar, y que así mis hermanos no tengan que estar trabajando de sol a sol y estudiando por las noches».
Ya en Eibar, la adaptación no fue sencilla. «Me sentí encerrada, porque allí la vida se hace en la calle. Pero la familia para la que trabajo como interna, cuidando a una señora mayor, confió en mí y hace que me sienta como en casa. Además, mi jefe se preocupó de conseguirme los papeles, aunque para ello tuve que regresar a Bolivia. Es algo que nunca en mi vida podré olvidar», dice, agradecida.
Echa de menos, sobre todo, a su familia, y eso que logró traerse a una hermana -empleada doméstica en San Sebastián-, y está a la espera de que, en breve, un hermano arribe a Elgoibar para trabajar como chófer en una empresa. Aunque de inicio su meta era «permanecer aquí sólo tres años», porque no creía que pudiera llegar a regularizar su situación, ahora se propone «conseguir la nacionalidad para poder regresar sin perder aquí mis derechos». «Me gusta mucho el País Vasco y el paisaje, más que el del sur. Aquí siento que vivo en el Paraíso», dice Rosmery, que recibe clases de euskera. «Ya he aprendido algunas palabras», concluye.
Salió de Marruecos en 1999 para viajar, directamente, a Ermua. Abderrahman El Mouhammadi, de 46 años, casado y con seis hijos, quería sacar adelante a su extensa familia y eligió este destino porque aquí ya tenía «varios familiares» que le animaron a venir, comenta. Trabajaba en la construcción, un oficio que enseguida pudo desempeñar en su nuevo hábitat, ahora contratado por una empresa de Eibar. Siente que acertó de pleno. «Hago de todo un poco y me va bien. Además, tengo amigos y nunca he tenido problemas de ningún tipo con la gente ni me he sentido discriminado», apunta. Reside junto a su mujer y tres de sus hijos. Los restantes permanecen en África. «Los que están aquí tienen 22, 18 y 17 años. Todos son chicos y están integrados. Además, hablan el castellano mejor que yo», dice, con una sonrisa permanente.
«Voy a Marruecos en julio y paso allí unos días, pero no tengo intenciones de regresar para quedarme, porque aquí se vive mejor y tengo trabajo». Ese es el inconveniente insalvable, resalta. «Me gusta mi país, pero, ¿dónde trabajas allí para conseguir dinero? Ese es el problema. Aquí las posibilidades son mayores y me encuentro muy a gusto». Al ser preguntado por aquello que más añora, se lo piensa. Un compañero de obra responde por él: «Le falta Alá». Abderrahman sonríe y calla.
Orgulloso de ser argentino, Óscar Ismael Morandi se ha sabido adaptar, como pocos foráneos, a Eibar. Tiene 60 años, llegó hace cinco, en medio de la crisis económica desatada en su país, y desde hace tres regenta un bar cuyo nombre evoca a cada momento su procedencia: la gran barriada bonaerense de Lanús, «Siempre tuve una empresa de marroquinería, luego abrí cinco locutorios y más tarde una farmacia, pero la dejé cuando ya la Seguridad Social no me pagaba. Coincidió aquello con los saqueos de los supermercados y más tarde con lo del 'corralito', de manera que terminamos viniéndonos aquí porque mi esposa, Neli, es de padres españoles y tenía familia en Eibar», sintetiza su vida. «Yo era fino, pero vine dispuesto a trabajar en cualquier cosa y comencé en la construcción. Mi señora cuidaba a una persona mayor y así empezamos».
Al poco tiempo alquilaron un piso, «luego vino mi hijo pequeño, después mi hija, y ya estábamos en nuestra casa». «Tras año y medio -prosigue- pasé a pintar casas y fachadas. Nunca lo había hecho y fue cómico, porque cuando fui a pedirle trabajo a mi jefe me preguntó si sabía pintar y le dije: ¿yo?, ¿en Argentina me dicen el Maradona del pincel! Le hizo tanta gracia que me contrató».
En 2003 se hizo cargo del actual Bar Lanús. «Surgió la posibilidad y me decidí, porque siempre he estado detrás de un comercio», explica Óscar, que además sigue pintando paredes y lo que se tercie. «A veces los clientes me bromean con que algún día cogeré la pasta y volveré a Argentina, pero les digo que a mí allí ya no me pueden ofrecer nada, porque conozco la política de mi país y estoy tan quemado con leche que veo una vaca y disparo».
Con Lorena y Leonel ya nacionalizados, sólo su hijo mayor permanece en Argentina. «De allí echo de menos dos cosas: amigos, porque aunque también los he hecho acá no es lo mismo; y un asado jugoso». Se enorgullece de llevar dos años desfilando en la tamborrada como gastador y nunca se ha sentido malmirado, sino «todo lo contrario». Eso sí, para integrarse al cien por cien necesitaría que le dijeran: «che, ven a la sociedad a comer algo. Eso sólo lo he logrado un par de veces».
Regenta desde hace tres meses el establecimiento 'Prince Döner Kebap', en la calle Isasi de Eibar, con la típica carne a la parrilla de países como el suyo, Pakistán. Shahib Aftab Akbar, de 28 años, llegó a España hace cinco y, hasta el verano pasado, había residido en Logroño. «Vivía en un pueblo próximo a la capital, Islamabad, y trabajaba con mi padre en el campo. Siempre había soñado conocer Europa y en 2002 me vine a España. A los pocos días fui a Holanda, donde tenía unos tíos, pero no me gustó mucho y pronto regresé», relata. «Cuando llegué aquí -continúa- trabajé en la construcción, en el campo, en cualquier cosa que me salía, sin importarme que fuera fácil o duro, porque me tocaba vivir con lo que ganaba», rememora en un castellano bastante fluido. «Lo aprendí aquí, a base de ir a la escuela y de tratar mucho con la gente. Creo que para abrirse camino en otro país lo primero es aprender su idioma y también conocer cosas de ese lugar, así como adaptarse a sus costumbres», opina.
Shahib quería «probar con algún negocio», y apostó por Eibar. «Había estado en 2004 y me gustó. Tenía claro lo que quería y en Debegesa me trataron muy bien. Se lo agradezco en el alma, así como a la inmobiliaria a la que acudí para buscar local y piso. Fue un poco complicado, pero sin luchar no puedes lograr nada». Ahora se siente tan feliz , junto a los dos compatriotas que tiene empleados, que «cada momento que pasa se lo agradezco a Dios».
Se sincera al admitir que «a veces se siente un poco de rechazo, porque los inmigrantes estamos en desventaja con los de aquí», pero lo relativiza, ya que «es algo que sucede en cualquier sitio». «No me ha costado adaptarme -subraya-, porque todo lo que he querido lo he ido consiguiendo». Ni siquiera con la religión ha encontrado trabas. «Soy musulmán y no he tenido problemas», afirma Shahib, a veces presa de la melancolía. «Desde que vine no he regresado y, aunque telefoneo a diario, me gustaría visitar a mi familia».
Jian Xiong Lin está casado y tiene una hija pequeña nacida en Eibar. «Se llama María y es guapísima», dice, con amor de padre. En 1997 dejó el entorno de Hong Kong para irse durante casi tres años a Ucrania. En 2000 llegó a Alicante -allí conoció a su mujer, Xia Jiang-, donde tenía «familiares y amigos» trabajando en restaurantes chinos y «en tiendas de todo tipo», comenta. También en el País Vasco, a donde dirigió sus pasos para abrir, en 2003, un bazar en el municipio eibarrés, aunque el alto precio de la vivienda le ha llevado a residir en Elgoibar.
«En China también era comerciante y vendía, como aquí, un poco de todo», cuenta, satisfecho de su elección. «Estoy contento con cómo me va, aunque lo único que hago es trabajar y trabajar», se hace entender, a duras penas. «Me gustan Eibar, Elgoibar y su gente. Están bien, son sitios tranquilos. Además, no hemos tenido problemas y nunca nos hemos sentido tratados mal», sostiene. No echa de menos demasiadas cosas de su país, más allá del calor humano, porque incluso cuenta con la ventaja de una incipiente colonia china, con «diez o quince» compatriotas. «Nos conocemos, más o menos, pero no pasamos mucho tiempo juntos, porque casi siempre estamos trabajando».
Economista de profesión, se desempeña en Eibar como zapatero y, ya por las noches, imparte clases de bailes caribeños, suerte que domina, como buen cubano que es. Originario de Holguín, en el oriente de la isla, «cerca de donde nació Fidel Castro», Elio Hidalgo tiene un largo recorrido tras de sí. «Llegué a La Habana en los 70, con 16 años me incorporé a filas y estuve seis en el Ejército. Luego empecé a estudiar Económicas y a trabajar en el mundo de la artesanía y las artes aplicadas, que es lo que siempre me gustó», ahonda en su pasado.
La siguiente secuencia discurrió en el ámbito político, «pero fue durante poco tiempo, hasta que me di cuenta de que aquello no era lo mío», se justifica. «Fue al terminar la carrera y trabajé dentro del sistema durante un tiempo». Su vocación era otra. «Siempre me dediqué al baile en tiempo de ocio. Me buscaba unas 'perras' impartiendo clases a quienes venían de fuera. Además ello me permitía relacionarme con gente del mundo de la danza y del arte. Luego viajé bastante y más tarde monté una galería donde vendía pintura», prosigue.
En 1986 decidió recalar en Madrid. Un programa de televisión sobre las ferias medievales le llevó a sumarse a ellas por media España durante ocho años, «Me montaba mi espectáculo musical y también fabricaba zapatos medievales», apunta. Contaba con la herramienta necesaria y, un buen día, escogió ejercer de zapatero en Eibar. «Conocía esta zona y opté por un pueblo grande y con buen nivel adquisitivo», señala, esta vez desde el prisma del economista.
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