En el cuatrienio 2000-2004, Interior y Policía levantó la prohibición, alegando que los fuegos artificiales son una vieja tradición dominicana sin la cual las fiestas navideñas carecen de sentido. En un decreto dictado el pasado viernes por el presidente Fernández, se prohíbe la venta de fuegos artificiales sin el permiso correspondiente y se anuncia que sólo se autorizará la venta a las empresas que realizan espectáculos.

Si esto significa (no me quedó claro), que sólo se permitirán los fuegos durante eventos tales como fiestas patrias, celebraciones artísticas y deportivas, siempre controlados por la comisión que nombra el decreto, es una buena noticia y felicito al ejecutivo por tomar una decisión tan valiente en un año preelectoral. El país necesita de dirigentes dispuestos a cumplir con su deber sin importar que tan alto sea el costo político.

Pero si sólo se trata de cerrar las fábricas clandestinas y prohibir sus peligrosos productos, no es buena noticia, pues consuela muy poco saber que tenía manufactura legal el "montante" que dejó ciego a nuestro hijo.

Fieles al culto del chivo expiatorio, cuando congresistas extranjeros denuncian las condiciones de vida en nuestros bateyes, nos indignamos apelando a un patriotismo ornamental, pero permanecemos indiferentes ante la perpetuación de esa situación vergonzante. Nos duele menos la existencia del hecho infamante que su denuncia.

Otras veces se culpa a los padres de la tragedia, por no supervisar adecuadamente a sus hijos en sus pasatiempos incendiarios. De ser así, habría que eliminar a los organismos que controlan el narcotráfico y que el manejo del problema sea responsabilidad exclusiva de los padres.

Cuando se invoca la tradición para defender hábitos aberrantes, se corre el riesgo de caer en un fatalismo cultural que todo lo justifica con la excusa de que se trata de prácticas muy antiguas. Si a eso vamos, gastar en bebidas alcohólicas el dinero de la leche de sus hijos o maltratar a sus esposas, prácticas abominables de ciertos dominicanos, son quizás tan antiguas como los fuegos artificiales. Al argumento de que hay que conservar esos hábitos porque son muy antiguos, yo respondería como el "Cándido" de Voltaire: "La razón es mucho más vieja".

Cada año, en los meses previos a la Navidad, sectores oficiales y privados de salud recomiendan la prohibición de estos juegos letales para evitar la secuela de niños mutilados. Se alega siempre que los fabricantes hicieron una gran inversión y la prohibición afectaría los intereses de esos honorables "padres de familia".

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