Marcelo ColussiRebelión “Somos lo quehacemos. Pero más aún: somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

De todosmodos, la historia recién se está comenzando a tejer, y sin dudas falta muchocamino por recorrer. Y justamente como no hubo un proceso violento de cambio,de asalto del poder político armas en mano, las transformaciones van dándosecon un ritmo tranquilo, sosegado. Es importante tener en cuenta que recién setomó parte del poder. Es decir: la revolución –encarnada en la figura de suconductor Hugo Chávez– ha ocupado el aparato de Estado, los distintosmecanismos de gobierno; pero eso no quiere decir que detente todo el poder. Laderecha sigue conservando una buena cuota del mismo: maneja muchas poderosasempresas privadas, tiene influyentes medios de comunicación, cierto aparatopolítico, universidades, buena parte del clero católico y su jerarquía, algunossectores de las fuerzas armadas y de seguridad. La revolución maneja los hilosfundamentales del Estado. Sin embargo falta aún lo más difícil: la cultura debase no ha cambiado. Ahí está el verdadero núcleo de la revolución. Si sequiere: el poder popular. Esa es la garantía final de la sobrevivencia delproceso de cambio.

Quizá elcamino lo marca el mismo presidente Chávez con su actitud, con su mensaje, conla nueva ética que intenta construir. Quizá nada más elocuente que la forma enque llegó a votar el domingo 3 de diciembre, el día que fuera reelegido por unaamplia mayoría de venezolanos: solo, sin escolta ni chofer, manejando su propioautomóvil, un modesto “escarabajo”, un popular y nada lujoso Volkswagen. Así,sin pompa, demostrando que un cargo público debe ser el cumplimiento de unservicio y nada más que eso. Ahí está el mensaje para empezar a hablar de esanueva cultura. O enfatizando el contenido de una nueva ética días después delas elecciones diciendo que “Aquí nopuede haber ladrones, corruptos, irresponsables ni borrachos”.

Apenasterminadas esas elecciones que ganó con un enorme caudal de votos, el reelectopresidente Chávez llamó a una batalla frontal, a muerte, contra esas dos lacrasque son el peor de los enemigos de la revolución: la corrupción y laineficiencia. Salvando las distancias, lo mismo dijo un año atrás el conductor máximode la Revolución Cubana, Fidel Castro, en su históricodiscurso ante la juventud cubana cuando se refirió a “los errores y vicios de todo el proceso” y la línea para conducirrectamente la revolución, afirmando que “elpeor enemigo no está en el imperialismo sino en los propios desaciertos, en laposibilidad de recaída en la cultura capitalista”.

Está claro entonces que el meolloúltimo de las revoluciones no es la toma del poder político, el asalto final ala casa de gobierno –importantísimo, sin dudas, pero sólo condición básica paraempezar a construir los verdaderos cambios– sino la edificación de una nuevacultura revolucionaria, de una nueva ética, de nuevas relacionesinterpersonales. Dicho en otros términos, la construcción y sostenimiento deese verdadero “hombre nuevo”.

En Venezuela se están empezando adesenvainar dos espadas para acometer esta gran lucha: una contra lacorrupción, otra contra la ineficiencia. La lucha que se viene es grande, tantoo más que la que significa soportar los embates del imperio y de la oligarquíanacional. Pero es distinta, pues se trata de luchar, en cierta forma, contranosotros mismos.

¿Qué es un cambio cultural? ¿Tendremosque dejar de ser lo que somos? En cierta forma: sí. Eso no significa quedeberán desecharse los valores que constituyen la venezolanidad (si es que hayuna tal “venezolanidad” como esencia). Pero sí, sin dudas, se deberán producirtransformaciones grandes, enormes, en la manera en entender la vida, y portanto, de actuar. Esto no significa que habrá que abandonar el joropo o lashallacas, obviamente, pero sí acometer la titánica tarea de repensar el modelosocial general que nos constituye.

Sepreguntaba Voltaire en su “Cándido”: “¿Creéis que en todo tiempo los hombres se hanmatado unos a otros como lo hacen actualmente? ¿Que siempre han sido mentirosos,bellacos, pérfidos, ingratos, ladrones, débiles, cobardes, envidiosos,glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores,desenfrenados, fanáticos, hipócritas y necios?” La pregunta es válida para la especie humana ensu conjunto y no sólo para franceses… o venezolanos y venezolanas. Una miradaaguda de nuestra condición nos demuestra que lo apuntado por Voltaire ha sido ysigue siendo una realidad incontrastable en la dinámica humana, en todos ladosy en toda época histórica. El desafío es cambiar ese rumbo. ¿Podremos dejar deser todo eso en el futuro? Porque no cabe ninguna duda que esas característicasque apuntaba un francés del siglo XVIII no son distintas a las de cualquier ciudadanovenezolano actual. Hay que apurarse a aclarar que junto a todo ello, porsupuesto, también son posibles la solidaridad, el altruismo, el talento creador.Pero no debemos olvidar que la rutina cotidiana está más llena de todas lascaracterísticas aquéllas que de estas últimas. Nos guste o no, Homero Simpsonpuede ser nuestra más cercana caricatura. No son los premios Nobel lo que másabundan precisamente, ni los revolucionarios inquebrantables como un HugoChávez o un Che Guevara, sino los Homero Simpson, en Venezuela y en el restodel mundo (y me incluyo en esta última categoría, sin la menor duda).

Con el modelo desociedades clasistas basadas en el hiper consumo, con valores individualistas,racistas, tal como se da hoy todavía en Venezuela –como en cualquier sociedadcapitalista–, es difícil generar este “hombre nuevo” del que tanto vienehablando la izquierda desde hace décadas. Seres fuera de lo común como el CheGuevara, o el propio Chávez, no son la regla. Lo común es Homero Simpson; larutina –porque así nos la determinaron– pasa ante todo por la corrupción y porla ineficiencia. Porque si somos así: corruptos e ineficientes, alguien lodecidió: “Nuestra ignorancia ha sidoplanificada por una gran sabiduría”, dijo acertadamente Scalabrini Ortiz.

Con los valores históricos que hacen parte de esa“venezolanidad” actual va a ser difícil remontar la corrupción y laineficiencia. Sería un error pensar que toda esta modalidad humana apuntada porel pensador francés, constatable en Venezuela tanto como en cualquier colectivohumano, es natural, biológica, genética; todo lo que somos es producto denuestra historia. Por tanto, podemos estar tranquilos que no somos todo loapuntado por Voltaire de forma categórica, definitiva, inapelable. Podemos cambiar,felizmente. Aunque ahí está el problema: ¡es tan difícil el cambio cultural! “Es más fácil desintegrar un átomo que unprejuicio” apuntaba sabiamente Einstein. Y ahí está el desafío.

“Unfuncionario no puede refugiarse en las excusas para no cumplir con sus tareas. (...) Funcionarioque sea negligente tiene que ir pa' fuera”, apuntaba vez pasada elpresidente Chávez. ¿Pero por qué se continúa aún con esa cultura de laineficiencia, de la chabacanería, de la pusilanimidad si bien ya se llevan ochoaños de revolución? ¿Por qué se gasta más en alcohol o en entradas para juegosde baseball que en libros? ¿Cómo es posible que la imagen arquetípica deVenezuela sigan siendo las Miss Universo? ¿Por qué para las fiestas de fin deaño se triplica el consumo de siliconas para implantes en bustos femeninos?¿Venezuela está condenada a ser un país de “plástico”, de puras “muñequitas”? ¿Asíse construye el socialismo del siglo XXI?

Cuando elpresidente Chávez llama a una guerra a muerte, sin par, absoluta, contra lacorrupción y la ineficiencia, se refiere justamente a esto: a cambiar esemodelo de liviandad, de banalidad y estulticia superficial por una cultura delcompromiso, de la responsabilidad. ¿Se podrá construir un nuevo paradigma desociedad, de ser humano, de relaciones interpersonales si el referente que setiene en la cabeza continúan siendo las telenovelas que se exportan a todo elmundo, esas telenovelas que presentan un mundo plástico y “light”, esos mismos“culebrones” que mucha gente ansía repetir en la vida real?

La cultura dela ineficiencia, de la mediocridad y del facilismo está instaurada desde hacemucho. Seguramente hunde sus raíces en la colonia, cuando el país era unparaíso para el contrabando, albergue de un supuesto “El Dorado” que signódesde el inicio la historia nacional. Y que se acrecentó con la “maldición”petrolera del siglo XX, que hizo de la monoproducción de ese recurso el diostodopoderoso que logró despoblar el campo, impedir la autosuficienciaalimentaria y producir una cultura del rentismo facilista que se instauró pordécadas, haciendo creer que era más importante consumir whisky importado etiquetanegra que producir carahotas, o que hacer compras en Miami aseguraba lasostenibilidad futura de la sociedad. Cultura que se asentó en la más indecentecorrupción como modo de vida “institucionalizado”, pasando a ser el “¿cuántohay pa' eso?” el único modo deentender las relaciones interpersonales.

“Tanto tienes,tanto vales”, reinado absoluto del capitalismo consumista, pechos plásticos ycentros comerciales más grandes que en el propio Estados Unidos. Esa es lamatriz donde se formaron los cuadros que hoy, en número considerable, ocupancargos en la estructura de gobierno. ¿Cómo pedirles que, de buenas a primeras,prescindan de esa carga? ¿Cómo esperar que quien toda su vida respiró un climade corruptela, viviendo convencido que era más “pícaro” el que se acomodaba queel que trabajaba, cómo pedirle que ahora tenga inquebrantables valoressocialistas, sea dueño de una ética de hierro y pueda tomar distancia de esaramplonería que marcó la vida nacional por años? ¿Se puede acaso cambiar lacultura por decreto? ¿Cómo y cuándo se va a empezar a ser eficientes yresponsables en el trabajo si durante generaciones fue más fácil comprar afueraque producir adentro? La bonanza de los petrodólares de la “Venezuela Saudita”fue no tanto una salvación sino, objetivamente considerada, parte de esta cargacultural que ahora se evidencia como un lastre negativo. ¿Cómo, si no, estarorgullosos de tener más Miss Universos que científicos?

Si ahoracomienza la guerra a muerte contra estas lacras de la ineficiencia y lacorrupción –¡eso es el socialismo, y no las boberías que difunden los medioscomerciales de comunicación!– sabemos que estamos ante la batalla más difícilque pueda haber: cambiar nosotros mismos. Y eso llevará tiempo, esfuerzo,dolor. Fundamentalmente eso: mucho dolor por el renunciamiento que se impone. ¿Quévarón que aprovecha su ancestral situación de privilegio machista aceptará debueno grado perder su sitial de preferencia para darles igualdad de derecho alas mujeres? Alguien que se acostumbró toda a su vida a evitar hacer filasporque tiene “buenos contactos” que le facilitan las cosas, ¿por qué ahoraaceptaría gratamente tener que levantarse a las cinco de la mañana para ser unomás que debe pasar similares penurias? ¿Cuántos de los que llegaron a tenerchofer que les manejen su vehículo están dispuestos a perderlo y a conducir porsí mismos como hizo Chávez cuando fue a votar? No hay dudas que “sentirse más”es parte de nuestra cultura milenaria. ¿Quién está dispuesto a compartir elpoder? ¿Quién hace renunciamientos éticos en función del colectivo? Porque nohay ninguna duda que en un mundo regido por la ideología del poder económico,del “tener” como esencia superior, aún atraen esos valores. Si bien en laRepública Bolivariana de Venezuela empezaron a cambiar algunas cosas, aún sigueatrayendo –¡y mucho!– ser de los que se pavonean con ropa de marca, automóvileslujosos y pisan alfombras rojas. Y es igualmente muy cierto también que todavíano se está cerca de una ética de la eficiencia, del amor por la calidad. Seducemás ganarse la lotería que trabajar para sacar un producto excelente. ¿Locambiamos por decreto esto? ¿Daría resultado? ¿Cómo lograr que la población,toda la población y no solamente el líder ejemplar, haga conciencia que botarbasura en la calle o no respetar un semáforo en rojo afecta a todo elcolectivo? ¿Cómo interiorizar que respetar los horarios establecidos no es unacarga sino un beneficio para la organización social, para la excelencia detodos y de todas?

¿Cómo se lograla eficiencia entonces? ¿Habrá que imitar a los pueblos supuestamente“desarrollados”? (esos que respetan horarios y señales de tránsito). ¿Cuálsería entonces el modelo a seguir: los alemanes, los suizos? Por nuestroancestral –e impuesto– malinchismo estamos tentados de ver en los“conquistadores” el ideal de progreso. ¿Necesitaron acaso los rusos, uno de lospueblos más atrasados de Europa al momento de su revolución en 1917, imitar alos alemanes para devenir potencia industrial, científica, nuclear, para ponerel primer astronauta en órbita en la historia o tener las universidades másprestigiosas del mundo en unas cuantas décadas de socialismo? ¿Fue imitando aestos pueblos “desarrollados” que lo lograron (el mismo pueblo que los invadióasesinando 25 millones de ciudadanos soviéticos), o desarrollando una éticasocialista propia? ¿Y fue Cuba, un burdel de lujo de los varones estadounidenseshasta 1958, que se convirtió en territorio libre de analfabetismo, potenciacultural en el continente y potencia en desarrollo biomédico a nivel mundial,imitando a los “gringos” que lo logró? ¿O desarrollando una ética socialistainquebrantable, un orgullo por el trabajo eficiente y una moral de cerocorrupción con las que pudo dar esos cambios? Aunque todavía no lo podamoscreer –porque hoy, ante todo, se vive como una carga– el trabajo efectivamente “es la realización humana”, comoreflexionara Hegel sentando las bases del posterior pensamiento marxista. Eltrabajo creativo, innovador, novedoso nos hace ser menos animales y máspersonas. ¿Por qué no podría desarrollarse una cultura propia “a lavenezolana”, un “socialismo a la venezolana”, tropical y caribeño? Porquetambién se puede ser eficiente en estas partes del mundo, sin dudas. ¿O acasolos países del Sur están condenados a ser “atrasados y bárbaros” y eldesarrollo es patrimonio del Norte? Si los rusos o los cubanos lo lograron,¿quién dijo que en Venezuela no se puede superar la cultura “de la flojera”? ¿Oes cierto que la sociedad venezolana está condenada a producir sólo telenovelasbaratas? Del colectivo venezolano y de nadie más depende producir esas rupturas,esos avances superadores. Y seguramente se logrará sin imitar a nadie, sólodedicándose a corregir errores.

Que elmalinchismo no nos derrote. Los incas o los mayas, hoy pueblos postrados luegode la conquista española, fueron las grandes civilizaciones de la antigüedad enel continente americano. ¿Acaso alguien está condenado genéticamente a ser“flojo, pobre y atrasado”? La historia, la cultura, y por cierto los cambios enla historia y en la cultura, los hacemos nosotros, los seres de carne y hueso,con esfuerzo, con el trabajo cotidiano. Cuando los mayas levantaban suspirámides monumentales e inventaban el cero o el calendario más exacto de lahistoria, los alemanes recién habían salido de las cavernas, no olvidarlo.

No hay dudasque es más fácil desintegrar el núcleo del átomo que nuestra carga deprejuicios culturales, que nuestra herencia negativa. Y es claro también queeso no se logra por un simple esfuerzo voluntario: requiere de un trabajoideológico-educativo tremendamente fuerte, continuado, profundo, sabiendo que losresultados se verán en la próxima generación. Se invierte hoy para que nuestrosdescendientes vean los nuevos productos. Es decir: lo que hoy se invierta enniñez y juventud repercutirá en varios años, muchos, en décadas quizá. Si bienno podemos dejar pasar la ineficiencia y la corrupción actuales –por lo que sedeberá ser absolutamente estrictos en su lucha– es necesario estar claros quequienes ya están conformados en esa cultura del facilismo y del acomodamiento,cambiarán poco. De ahí que la guerra a muerte que ahora se comienza a dar enVenezuela debe priorizar a las niñas, niños y jóvenes. Pero ello no puedejustificar continuar con la chatura: “Funcionario que sea negligente tiene que irpa' fuera”. De eso dependela vida de la revolución, tanto como del trabajo educativo-ideológico a futuro.

This is cache, read story here