Directorio Industrial.
El chabolu, felicidad reciclada...
El chabolu. ¿Qué ye? Es, en breve, la caseta de aperos del minero, una «unidad urbanística» que se repite en las Cuencas con infinitas variaciones; características construcciones nacidas de lo imposible, teito del picador, arquitectura del reciclaje: maderos, chapas de bidón, latas de aceite, uralita, plásticos, material de mina. Se usan como conejeras, gallineros, como tallerinos para gente amañosa, como santuarios de la fesoria en una esquinina de la huerta. Refugios del guerrero que lo fue bajo tierra.
«Los mineros son gente que siempre trabayó mucho y necesiten seguir trabayando. Y por algún lado tienen que echar esa sangre que lleven dentro». Daniel Álvarez, estudiante de Administración y Dirección de Empresas, tesorero de la Plataforma Juvenil de Turón, justifica así la necesaria existencia del chabolu. Otro miembro de la plataforma turonesa revela que su padre, cuando pusieron la vitrocerámica en casa, «garró» la vieja cocina de carbón y en la trasera de la vivienda se hizo otra cocina donde puso la de carbón, la de siempre. «Y allí tenemos que pasar todos los finales de año», añade entre risas.
El chabolu ha llegado al siglo XXI caracterizando el paisaje de la cuenca minera y, según como se mire, es bien de interés cultural. Hasta se ha convertido en obra de arte. En 1991, el artista lavianés Cuco Suárez consiguió el Premio Nacional de Juventud con un montaje en el que reproducía uno de esos chabolos. Construyó el suyo habitado con aquellas latas de Colacao, llenas de puntas y tornillos. decoradas con la imagen de una madre sosteniendo en alto una bandeja con el chocolateado para la prole. El chabolu de Cuco Suárez, un espacio para el recuerdo, estaba forrado con latas de aceite Ybarra, amarillas y azules. Había una fotografía de Lola Flores clavada en una pared.
José Manuel Llaneza Díaz vive en Cortina de Figaredo, concejo de Mieres. Su casa mira al pozo Figaredo, recientemente clausurado. Lo ve, pero más lo escuchó. Hasta tal punto que ahora que no escucha el rugir nocturno de la jaula con el relevo confiesa que se le hace raro el dormir. «No nos acostumbramos, hay un silencio de la hostia». Ferramienta en mano, Llaneza arregla el tejado del garaje de su casa, que es garaje pero funciona como chabolu, aunque tenga más solida construcción, más prestancia. Allí se refugia este minero prejubilado como oficial sondista del pozo San José. Lo suyo es la ferramienta, andar todo el día haciendo algo, por matar el tiempo. Como dicen los jóvenes de Turón, para echar esa sangre que tienen. «Dícenme: ¿José, pa qué quieres otros alicates? No sé, pa tener otros. A mí gústenme». Con ferramienta siempre hay tarea: «Algo hay que hacer. Antes hacía manualidades, barcos de cerilles, lámpares mineres... Luego cansé. Pero algo hay que hacer. Y si nun tienes nada, pues levantes otra vez el teyáu y vuélveslu a poner».
Algo hay que hacer. Los hay, entre los innovadores, que se tiran al golf, a la bici. Los de siempre, a la huerta, a facer cosines en casa, coses de curiosu en el chabolu. José Manuel Llaneza -simbólico nombre para un prejubilado de la minería- cree que tendrían que tener más oportunidades de formación: «A mí gústame la soldadura, pero no puedo apuntarme a cursos de soldador porque estoy retiráu. Que haga el cursu nun quier decir que vaya a trabajar. Pero no nos dan opción».
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