Los fines de semana, las calles de Temperley tienen dos caras. Una de noche, cuando las luces de los bares se encienden junto con los grupos de amigos que salen a divertirse, a tomar algunos tragos y a bailar al ritmo de las más conocidas melodías, y otra en las mañanas cuando los restos de los festejos quedan dispersos por toda la zona.

Sobre la avenida Meeks y en la Plaza Tomás Espora se puede encontrar gran cantidad de botellas y residuos tirados que le dan un aspecto de deterioror y abandona a la zona.

Las cafeterías, los puestos de diarios y los kioscos deben baldear “religiosamente” la vereda antes de abrir sus puertas porque por las mismas calles, donde los días de semana pasan los chicos para ir al colegio se distinguen los rastros de los excesos y el abuso del alcohol.

Joaquín Sabina bien podría haberse inspirado para escribir la canción Caballo de Cartón en la que canta “ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador” en las postales que se ven todos los domingos por la mañana en la estación de Temperley, porque en las escalinatas de los andenes y contra las persianas de los negocios hay muchos chicos que descansan luego de una “agitada noche”.

“Al parecer a las autoridades no les importa que esta zona se haya deteriorado así y que las personas que tenemos que circular por estas calles al otro día tengamos que presenciar situaciones lamentables como ver a los adolescentes intentando despertar de una borrachera a plena luz del día”, sostuvo Mirta Nero, vecina de Temperley desde hace 20 años, que consideró que una de las soluciones posibles podría ser que los dueños de los locales bailables pusieran personal que limpie las calles aledañas a sus comercios para no tener que perjudicar a los residentes del lugar y que los empleados municipales controlen si se vende o no bebidas alcohólicas a menores de edad.

Muchas veces, las peleas que se ocasionan dentro de los bares son tan fuertes que se trasladan a las calles donde los golpes no sólo se dirigen hacia los contrincantes ya que también destruyen todo a su paso incluso cabinas telefónicas, autos, faroles, tachos de basura y las marquesinas de los negocios.

“Las principales arterias parecen un cementerio porque los jóvenes no miden las consecuencias de las peleas y hasta terminan perdiendo la vida en discusiones inútiles que no conducen a nada”, comentó Osvaldo Telccuri, vecino que aseveró que los únicos que se benefician con la actividad nocturna son los dueños de los boliches, porque durante el día la metrópoli parece “una ciudad fantasma”.

La falta de limpieza de la plaza “es preocupante” ya que los pintarrajeados monumentos se entremezclan con botellas de vidrio, cartones de vino y los vasos plásticos que quedaron allí desde la noche anterior.

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