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Unas 800 toneladas de basura dan de comer a centenares de familias...
Por Zulema Usach Fotos: Walter MorenoLa mirilla del largavista le muestra a Marcelo la inmensidad que hay a su alrededor. Y en el corto pasadizo que va desde sus ojos hasta el fin de su juguete de plástico alcanza a divisar los personajes de una historia que varias veces le contaron en casa. Imagina que algún día, por fin, él será ese héroe que con mucha más estatura a la de un niño de nueve años logre rescatar a su familia con la ayuda de su perro. “Guardián siempre me acompaña a todos lados y nos cuida a todos, por eso no quiero que le pase nada”, dice mientras intenta aliviar el trabajo de Lorena, su mamá.
El largavista ya está en el suelo. Marcelo abandona por varias horas su sueño y cae de golpe al mundo de los adultos. La realidad parece llevarse todas sus ilusiones sin pedir permiso. A su alrededor, las montañas de basura marcan un horizonte que parece no tener límite. El olor a fermento se entremezcla con las oleadas de moscas y mosquitos que remueve el viento, pero la necesidad es más fuerte. “Mal que mal, algo de plata podemos juntar para los chicos”, explica Lorena (27). En su rostro, al igual que en la mayoría de los hombres y mujeres que frecuentan el lugar, se nota una vida de sacrificios que los hace aparentar más edad de la que en verdad tienen.
La jornada de trabajo comenzó muy temprano en el descampado de 75 hectáreas ubicado en Puente de Hierro (Guaymallén). Allí, en el ‘fin del mundo' -como le dicen- se depositan 250 toneladas de residuos urbanos que llegan diariamente sólo desde Guaymallén. Desde la madrugada, más de cien familias desarman a fuerza de brazos las bolsas con residuos urbanos que dejan los camiones municipales.
Este es uno de los tres principales vertederos a cielo abierto del Gran Mendoza. Los restantes están ubicados en el Campo Papa (Godoy Cruz) y El Borbollón (Las Heras). En este último sitio funciona desde 2004 el Campo Espejo, donde se descargan los residuos de Capital, Las Heras, Lavalle y parte de Godoy Cruz. Antes de esa fecha, la basura de Capital era arrojada en Puente de Hierro. En total, sólo el área Metropolitana de la provincia genera cerca de 800 toneladas diarias de desperdicios y Guaymallén es el departamento que se ubica a la cabeza del ránking.
En los últimos años ha habido avances en cuanto a la disposición final de residuos del Gran Mendoza a través de la formación de consorcios entre los municipios. Pero aún queda mucho camino por andar para llegar a la situación ideal en materia de promoción social y cuidado del medio ambiente (ver aparte). Una deuda pendiente en el Gran Mendoza es el vertedero de Guaymallén, ya que si bien existe un plan para trasladarlo a Las Heras la problemática, incluso, va mucho más allá de las consecuencias ambientales.
Por eso, lo que todos se preguntan es cómo se organizarán para subsistir las familias que viven de los residuos. En el lugar, no hay oportunidades de trabajo y la aridez de la tierra impide cultivar alimentos. Las posibilidades de progreso son tan pocas, que muchos se mudaron a Las Heras siguiendo la basura de Capital porque la consideran más redituable.
Sin embargo, muchos otros se quedaron e incluso armaron sus casas con palos, nylon y trapos. Ellos, durante el día, conviven con los que frecuentan el vaciadero. Con guantes o sin ellos separan cartones, botellas de plástico, vidrios y metales a cambio de unos 150 pesos semanales. Algunos llegaron con sus carretelas y caballos; otros, en cambio, deben trasladar en sus hombros lo recolectado.
Paz nauseabunda. Ingresar por la entrada principal del basural de Puente de Hierro es como estar en un mundo distinto, en el que la pretensión más grande puede ser avanzar por el camino de tierra sin sentir que los insectos rozan la piel. Ya no se escucha el ruido de bocinas, alarmas o televisores. El silencio gana el lugar. Pero lejos de sentir paz, uno siente que está en un campo de batalla, en el que el nada ha quedado en pie, sólo el olvido.
Las voces de hombres, mujeres y niños se confunden en el eco que retumba entre las montañas de desperdicios. “¡Dale! apurate y poné buena cara para la foto que vas a salir en el diario...”, dice un joven a otro justo cuando encuentra un trozo de hierro que le puede servir.
La historia de David puede ser muy similar a la de muchos otros argentinos: la urgencia por llevar dinero a su hogar lo empujó a abandonar los estudios. Comenzó haciendo changas en la construcción y también trabajó en los galpones de ajo hasta que -ya con cuatro hijos que mantener- las opciones fueron siendo cada vez menos. Al igual que para todos en el basural, tal vez el día más alegre es el sábado, cuando reciben la paga semanal de acuerdo a los kilogramos de residuos separados y embalados.
Nelly Marín considera que su vida no es tan complicada. Tiene 66 años y aunque ya está en edad de jubilarse asegura que sólo dejaría su ‘negocio' en el caso de que el dinero le alcance para pagar todos los gastos en su hogar. Junto a su esposo e hijos es la dueña de la mitad del terreno donde funciona el vertedero. Lo compró en un remate a muy bajo precio y al poco tiempo lo cedió en comodato al municipio para así tener el control de los desechos que luego son vendidos a una chacarita del lugar.
La mujer asegura que como todo campo, el suyo “tiene que ser cuidado”. “Tengo gente a cargo y mucho trabajo por hacer. Acá hay que seguir en las buenas y en las malas”, aclara mientras llena con botellas de plástico un bolsón que fabricó con arpillera. Es que si bien ella ocupa el primer eslabón en la cadena de mando, no deja de empaquetar el material que sus 35 ‘empleados' le van dejando a la entrada del predio.
Comenta que hace 36 años encontró en los residuos domiciliarios una alternativa para subsistir. En ese momento, Nelly se dedicaba a enderezar el alambre de las coronas florales utilizadas en los sepelios y luego los vendía. Más tarde siguió por el cartón y el vidrio que lograba recolectar y cuando pudo obtener el terreno, no dudó en destinarlo al fin que hoy cumple: “¿Qué voy a hacer, si este lugar está olvidado por todos?”, dice con resignación.
Para los niños que allí se acercan, los elementos más buscados son ropa, juguetes y a veces hasta comida a punto de vencer. Por eso, muchos dicen que “ir al basural es como ir de shopping”, aunque paradójicamente, al igual que Marcelo deben conformarse con los últimos despojos de lo que queda.
En el pozo. En el basural ubicado en pleno pedemonte (Godoy Cruz) la realidad es similar, aunque no la misma. Allí, una experiencia barrial ha logrado la inclusión social de los jóvenes a través de la educación y el aprovechamiento de los residuos. Los resultados, hasta ahora, han sido buenos (ver aparte). De todas maneras, aún casi 500 personas de todas las edades van a trabajar al ‘pozo' para vender lo que separan al dueño de la chacarita, que es quien tiene el manejo de los camiones la zona.
Allí, según cuentan los que frecuentan el lugar, la autoridad se impone por la fuerza o bien con favores personales a las familias. Incluso comentaron que en más de una ocasión han encontrado gente muerta. “El patrón -dueño de la chacarita- nos ayuda con remedios cuando alguien se enferma o paga el sepelio si nosotros no tenemos con qué”, explicó una persona que trabaja allí, quien prefirió no dar su nombre.
Graciela Pérez (47) forma parte del grupo que tiene asignado uno de los camiones de la tarde. Sus días de mayor trabajo son los martes, jueves y sábados, cuando ingresa al ‘pozo' con uno de sus 12 hijos. Primero abre las bolsas y clasifica los residuos. Como no posee una carretilla, carga en sus hombros la mayor cantidad posible hasta llenar unos tres camiones. “Con esto, al menos he podido criar a mis hijos desde que me separé, sin esto no sé que hubiera hecho”.
Cada día, al anochecer, Graciela se pregunta si podrá volver tranquila a su casa. Su jornada de trabajo todavía no ha terminado; enciende algunas ruedas de autos para alumbrarse y obtener calor en medio de los montículos de desechos. Mientras hace un repaso por sus últimos 30 años dice en voz alta: “Con frío, lluvia o viento nos tenemos que aguantar. No queda otra”.
De generación en generación. El camino que lleva al Campo Espejo, sobre la ruta provincial 40, cambia a medida que se avanza entre los callejones de los barrios que ya se han formado en los alrededores y dentro del vaciadero. Al costado de la calle, sobre las montañas de basura que suman 450 toneladas diarias, la jornada ha comenzado para los que habitan el lugar. Las hileras de ropa aparecen tendidas muy cerca de lo que ellos han construido para guarecerse con algunos pocos palos, bolsas y cartones.
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