Tiempo habrá para volver sobre el tema pero por lo pronto ya no soporto la cosa del aborto; el debate, los fervorines contra los panfletos; las diatribas contra los insultos y en general todo ese vasto catálogo de incordios persistentes.

Hoy hay cosas sobre las cuales volver la mirada y una de ellas es la obra de Gabriel Figueroa cuya figura recordamos por el apremio de una efemérides centenaria. Gabriel fue, por decirlo de una manera aproximada al homenaje, la mirada de México detenida en la foto fija o prolongada en movimiento de la pantalla cinematográfica.

Si uno tuviera rigor para analizar las películas podría ver en las cintas de Emilio Fernández dos clases de dirección: la de actores y la de fotografía.

Luego hubo un brindis en el Salón Azul del Palacio y ahí, debajo de un candil de muchísimas luces, María estaba radiante.

Y señalaba el cielo raso con su dedo garrudo y torcido y le contaba a Salinas cómo Gabriel Figueroa en “Enamorada” le había puesto a su personaje (Rosaura, creo) las luces de ese candil como una luminosa diadema digna apenas de su hermosura.

—¿Te acuerdas Gabriel? Tú tirado en el piso con la cámara y el ángulo no daba y la escena se repitió una y mil veces? ¡Ay! Cuánto te odiaba cuando me hacías repetir y repetir una y mil veces”.

Figueroa escuchaba la elocuencia desbordada de María y apenas asentía con la cabeza. Miraba las exageraciones de la diva con una especie de clemencia avergonzada. María se acercó de pronto y tomó entre sus manos la cara de Figueroa y le dijo algo así como “sin ti no sería nadie”.

—¿Es cierto eso, maestro, no sería nada María sin usted?

—No, de ninguna manera. La hermosura de María va más allá de cualquier fotógrafo, además no fui el único.

Hoy México recuerda a Figueroa cuyo trabajo tuvo muchos momentos de alto mérito estético cuyo valor actual es apenas la remembranza. Si uno mira sus paisajes, sus tipos, sus encuadres y sus composiciones, si guarda atención a sus mujeres como siluetas ambulantes en el cobijo del rebozo interminable, si ve sus árboles y sus llanuras, percibe las imágenes disueltas en el tiempo de un país ya desaparecido.

“Estoy seguro que si, algún mérito tengo —dijo al recibir el Premio Nacional de Artes en el año 1971—, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida”.

Figueroa de muchas maneras hizo el retrato del México desvanecido.

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