Un paquete de arroz, kilo y medio de carne, 10 plátanos, 10 papas, cuatro litros de refresco, 10 viandas de metal, 10 vasos plásticos, dos paquetes de cubiertos desechables, varias servilletas, tres bolsas plásticas traslúcidas, un marcador grueso. La solidaridad humana traspasa las rejas. Y dos pares de manos, las de Altamira, de 66 años, y las de Conchita, de 62.

Altamira Diamante y Conchita Villar lo hacen. Porque sí. Porque se toparon con una necesidad humana y no quisieron pecar por omisión. Porque en una de las primeras audiencias, siendo simples espectadoras, vieron desvanecerse por falta de comida al policía Luis Molina. Porque percibieron que "esos muchachos", como les dicen, "pasan mucho trabajo, están lejos de su familia y no hay quien los cuide". Así que ambas, junto con dos amigas, Lilian Evans y Matilde Amaro, decidieron darle de comer a los hambrientos.

"Nadie nos puso esta obligación, es algo que asumimos nosotras hace un año y la vamos a cumplir hasta el final", enfatiza Altamira, mientras cierra los bordes de una de las viandas. Comenzaron cuatro y ahora se sumaron algunas amigas más. Entre ellas se turnan: cada día una debe llevar la comida de los ocho funcionarios y de dos de sus abogados, quienes, adscritos a la Defensoría Pública, no cobran. "Nosotras nos ocupamos de los policías, que están solos y que, además, tienen el sueldo suspendido. A los comisarios pocas veces les llevamos el almuerzo. Ellos tienen a sus esposas y a sus hermanas, pero claro que si es necesario también les llevamos a ellos".

No cobran por los almuerzos. Y tampoco nadie les financia lo que hacen. De vez en cuando, algún amigo les da un donativo para ayudarlas en la compra de los alimentos, pero nada más. Son ellas quienes asumen casi todo el costo de lo que hacen, en dinero, en tiempo, en voluntad. Y no han fallado ni una sola vez en un centenar de audiencias.

La rutina comienza antes de las nueve, cuando preparan los insumos. Se rigen inflexiblemente por el reloj: "Salimos a más tardar a las doce". La comida se deja en la entrada del edificio, con los alguaciles responsables de registrar a los visitantes. Con un marcador han escrito en las bolsas: "PM". Suficiente identificativo para que lleguen a buen destino.

"Nunca se ha perdido ni un almuerzo. La comida llega completa. Es que los alguaciles son nuestros amigos. Nos dicen que ellos también son policías y que quien le pega a su familia se arruina", comentan.

Las dos son de hablar y risa fácil. Prefieren preparar los almuerzos en la casa de Conchita porque queda a pocas cuadras del Palacio de Justicia, pues algunos mediodías, cuando no tienen quién las lleve, deben caminar con los paquetes de comida y los refrescos.

Se ayudan en todas las tareas de la misión que asumieron. "Dale dos paletadas de arroz a cada una. Ya puse la carne", son frases frecuentes que se intercambian en medio de comentarios de amigos en común o algún acontecimiento ocurrido en Maracay. Su mayor preocupación, dicen, es repartir la comida equitativamente.

Entregan los almuerzos puntualmente pero no saben cuándo los consumirán. Puede ser a las dos de la tarde si se prevé una jornada larga con intermedio. O a las doce y media cuando la audiencia se suspende por ausencia de testigos. Pero también puede ser a las cinco de la tarde, cuando todo se desarrolla de un tirón, sin recesos.

"Por eso les damos comidas que puedan comerse más frías. Nos gustaría prepararles una buena sopa, porque sabemos que el comisario (Henry) Vivas las extraña, pero no podemos porque frías no caen bien y son difíciles de transportar", dicen.

No tienen un menú fijo, sino más bien reglas que la práctica les ha impuesto: comida sana, que se conserve sin problemas y variada. Altamira cuenta que tratan de complacerlos. "A veces les ponemos un dulcito. A uno de ellos no le gusta el pollo, así que, cuando lo preparamos, buscamos ponerle algo distinto. Los consentimos porque la están pasando duro. Imagínate que los traen en unas jaulas descubiertas desde Caracas y, cuando llueve, llegan todos emparamados".

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