Con el asesinato de Carlos Fuentealba,los chicos que iban al CPEM 69 de Neuquén perdieron mucho más que a un profesor. Los que fueron sus alumnos vuelven al aula en la que el docente dio las últimas clases y recuerdan a su profe con lágrimas y sonrisas: sus testimonios dibujan el retrato de un tipo solidario como pocos.

de sólo pensarla. Encima, ya había repetido primer año. Allá, en el oeste, todo parece más denso, el aire, el polvo, la vida. Y en eso andaba su cabeza cuando se encontró con Carlos Fuentealba: –Ni se le ocurra dejar el colegio –lo retó–. Si quiere le ayudo a conseguir un lugar en la nocturna, pero usted tiene que seguir estudiando.

–Pero profe, ¿le parece? Con lo que me cuesta...

de galán. Se fascina al recordarlo como si deseara más que nada poder copiar esa elegancia.

Ismael Lignay tiene 15 años y el desparpajo de un adolescente alto que no sabe muy bien qué hacer con su cuerpo: "Lo que más me acuerdo del profesor es que te hablaba. Eso no lo hacen otros profesores. Cuando veía que alguien faltaba, enseguida averiguaba qué estaba pasando. Siempre venía y te preguntaba cómo estabas. Creo que lo que más me gustaba era eso, que te hablaba."

La mañana del 4 de abril, Carlos Fuentealba partió con otros compañeros hacia Arroyito, sobre la ruta que conecta a la capital de la provincia con la cordillera. Los docentes –que llevaban un mes de paro– querían montar un piquete. Fuentealba había tenido cierta militancia gremial y sabía que en Neuquén muchas veces las protestas engendran violencia. No estaba convencido de la utilidad del corte, pero igual fue. Nunca pudo llegar a Arroyito. La represión les ganó de mano. Horas más tarde, su cuerpo se desangraba sobre el pavimento de la ruta 22, la misma donde diez años atrás –en otra protesta docente– fue asesinada de un tiro Teresa Rodríguez, una empleada doméstica que quedó en medio de la represión.

El disparo del sargento José Darío Poblete fue certero. A menos de tres metros apuntó su pistola lanzagases contra el Fiat 147 en el que viajaba el profesor. Preparada para ser disparada a una distancia no menor de sesenta metros, la granada le hizo añicos la cabeza. Fuentealba agonizó durante horas hasta que a las once de la noche del jueves 5 de abril lo desconectaron del respirador.

quedó en blanco. Maxi sólo atinó a levantar su mano y acariciarle el rostro: "Le pasé la mano y le toqué los ojos y los cachetes. Ya no era él; tenía la carne blandita".

Maxi extiende la mano como si otra vez estuviese en esa sala de terapia intensiva. No llora ni se le entrecorta la voz. Dice que ya lloró bastante y que se cansó de insultar a Jorge Sobisch frente a la gobernación. Pero el gobernador nunca pudo escuchar sus gritos. Tuvo que abandonar el edificio disfrazado de gendarme.

Fuentealba enseñaba matemática, física y química a los adolescentes del secundario y los adultos de la nocturna. Era uno de los pocos profesores que dejaba que las madres fueran con sus hijos.

cuelgan los nuevos vecinos. Después, lo único que queda es barda, viento y polvo. Y también bolsas de basura. Muchas. Porque cuando las casas terminan, lo que empieza es un inmenso basural.

de verdad. Creo que el profe me quería, porque se cagaba de risa con las huevadas que yo le decía".

importante ¿no?... o al menos tendría que ser así, tendría que ser como un médico."

que envidiarles, que éramos tan importantes como los demás."

nunca supieron de su militancia. Quizá porque no era una de sus prioridades. Quizá porque su militancia pasaba por otro lado.

Sobisch. Recordaban que si bien el gobernador bajó a la mitad una desocupación que trepaba al 20 por ciento, en la provincia el empleo público explica a uno de cada tres trabajadores y la pobreza atrapa a más del 40 por ciento de los neuquinos.

como los chicos que toman cerveza a las diez de la mañana.

iba a ayudar. Arrugó la hoja y se la escondió debajo del buzo. Pidió permiso para ir al baño y corrió hasta la sala de profesores. "Por favor profe, déle, ayúdeme", le suplicó a Fuentealba.

–Está bien, pero lo hacemos juntos –, le respondió él. El tiempo corría y Mayra empezó a desesperarse. "Al final terminó haciéndome el examen él. Yo escribo medio chueco y hasta los números todos torcidos me hizo para que el otro profesor no se diera cuenta."

El año pasado, para la fiesta de la primavera, lo eligieron el Rey de la Escuela, con coronita y coro de chicas que a grito pelado pedían que lo "tiren a la hinchada". Justo a él, que nada lo ruborizaba más que el suspiro de sus alumnas cuando lo veían pasar. Era alto y buen mozo. Sobresalía del resto, pero por otras cosas. Carlos Fuentealba era de esos maestros desconocidos y silenciosos que nos recuerdan por qué, alguna vez, la palabra maestro provocó respeto.

hermanos... Ellos se burlaban de mí porque yo empecé a estudiar de grande, pero él no. Siempre te decía que tenías que pelear por tu futuro." Nidia y Valeria hicieron juntas todo el secundario, sentadas una junto a la otra. Nunca pudieron contarle que siguen estudiando.

Maxi tiene seis hermanos y juega en el Deportivo Cuenca. Tiene un hablar dulce y armonioso. La mirada se le pierde entre el paisaje de bolsas de basura que vuelan sobre la barda. Con el viento, muchas terminan enroscadas en el alambrado del colegio. "El siempre nos contaba de cuando trabajaba como albañil y a la noche estudiaba. Era nuestro ejemplo. Para mí era como un padre –solloza Maxi–... Nadie me ha hablado como él. Era una persona decente, eso quiero resaltar: era de-cen-te. Yo no entiendo por qué se pierde una vida así, por un salario de porquería."

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