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Mercado de Navidad...
Las fiestas de Navidad en Oviedo estuvieron durante muchos años -justamente desde la Navidad de 1521- marcadas por el recuerdo del gran incendio, en tiempos en los que la Navidad y el año nuevo coincidían en la fecha. Cuenta Carballo, cronista minucioso y un tanto exagerado, que aquella noche ardió el caserío, hecho de mucha madera, Cimadevilla, Rúa, San Juan abajo hasta el hospital de ese nombre, los barrios de la Chantría y La Lonja hasta la puerta de la Gascona, parte del monasterio de San Pelayo, las calles del Portal y San Antonio, el hospital de San Julián, la calle de la Herrería y parte de la Catedral, todavía en obras. «Toda la ciudad se abrasó dentro de sus muros, si no fue la santa iglesia que quedó libre en medio del incendio, aunque el "maredage" y los andamios de una torre, que se iba haciendo, se quemaron también».
No fueron éstas las únicas calamidades del año, rico en catástrofes naturales, con un temblor de tierra en junio y lluvias torrenciales en septiembre. Para paliar tanto descalabro, y en gran medida los efectos del incendio, que barrió del plano en gran medida la estructura medieval, los reyes otorgaron a la ciudad mercado franco, desde 1525. Con el tiempo, se fueron habilitando espacios para ese mercado que se mantiene hasta hoy en los jueves de todo el año, y así, en el Fontán, Trascorrales y la plazuela del Progreso, principalmente, se mercadeaba con todo lo que hasta aquí llegaba del campo y el mar.
En los días previos a la Navidad, especialmente el jueves anterior, todo se llenaba de oferta comestible propia de las fechas, con mucha caza, pelo y pluma de corral, peras de compota, escarolas y acebo, este último poniendo la nota de color en los bodegones.
Todo lo anterior viene a cuento porque esta mañana de jueves en la que escribo, 21 de diciembre, el mercado de Navidad sólo se distingue por las ramas de muérdago. Reducido al cuadrilátero de Daoíz y Velarde, un cinturón de tenderetes -pijamas de mucho abrigo, picardías de poco abrigo, sujetadores enormes y tangas diminutos, todo en tecnicolor- ahoga como un turbante el pequeño espacio en el que se ofrece la mercancía tradicional de invierno, con pocas vendedoras con sus productos en el santo suelo, en cajones y sobre papeles y plásticos, aterido muestrario de lo que queda de la huerta ovetense, lechugas, rábanos, luminosas calabazas, berzas, patatas invernizas y poco más.
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